La verdad es subjetiva dicen algunos, otros dicen que se cae de su peso…, son muchos los dichos que acuñan este valioso y sinigual principio pero también son muchas las estrategias para ocultarlo tras las máscaras de la artimaña que termina por diezmar nuestra fe y nuestra confianza, cada vez vamos dudando más, nos sentimos más expuestos… Nuestros abuelos hacían grandes negocios respaldados en la palabra, dormían con las puertas abiertas confiados en la honradez…, todas esas cosas las hemos perdido con el correr de los tiempos y el crecimiento, en número de la humanidad, además que me cuestiona mucho definir cuál es la verdad porque en estos días escuchaba el relato de dos hermanas frente a un mismo hecho y parecían historias diferentes en contextos diferentes y lo que observé, fue que cada una miraba e interpretaba la vida desde su propio ser y con sus propios parámetros, y sí es muy evidente, lo disímil de sus ópticas. 

Hay verdades contundentes, universales e indiscutibles como la que todos vamos a morir, como que el agua hierve a 100 grados, el sol sale cada día… Pero hay verdades que dividen, confunden y polarizan porque parten de creencias y certezas instauradas, que siento, nos sesga y nos radicaliza, y a veces, nos brutaliza a tal punto que vale la pena montar una guerra frontal y atacar con toda la fuerza y el poder que nos acompaña, porque si algo es cierto, es que cuando estamos enfurecidos desarrollamos fuerza descomunal, y no solo estoy hablando de guerras mundiales o nacionales, de esas, que la historia nos habla con pelos y señales, hablo también de las pequeñas pero destructoras guerras que a veces montamos con nuestros cercanos por creernos poseedores de la verdad y merecedores de la justicia. 

La religión nos habla de verdades, nos muestra caminos de verdad, pero siento y creo que la verdad está más en la experiencia espiritual donde se está, más allá del tiempo y el espacio, en el sentir genuino del corazón, porque desde allí, es donde nos volvemos uno y desmontamos toda barrera y división para conectarnos como hermanos, es desde allí donde no nos importa ni la raza, ni el color de la piel, ni la nacionalidad, ni la religión que profesamos…, porque es desde la desnudez de la verdad donde nos identificamos como iguales, frágiles, solidarios…, ya que otra verdad irrefutable es que frente a la enfermedad y el dolor somos iguales, recuerdo un cardiólogo que un día me decía “es muy claro ver que frente a un infarto y el dolor e incertidumbre que genera, todos somos iguales, no importa la edad, el tener, el saber, el poseer… ” 

San Agustín decía “No vayas fuera, vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad” y también decía “No se accede a la verdad sino a través del amor”. Pido a Dios me permita llegar a mi ser interior, desnudando mi alma y conectando con el amor, para poder caminar de la mano de la verdad universal que me lleve a ser un ser humano digno de vivir en consciencia y propósito.

 Luz Estella Montaño